“¡Creo; ayuda mi incredulidad!”

¿Se contradicen estos términos?

Escrito por Ian Weatherall
“¡Creo; ayuda mi incredulidad!”

En Marcos 9:14-24 leemos la historia de un hombre que tenía un hijo poseído por un espíritu. El hombre llevó a su hijo con los discípulos de Jesús para que echaran fuera al espíritu, pero no pudieron. Cuando Jesús vino y los discípulos le contaron acerca de esto y de como no pudieron, Jesús pidió traer al niño.

Después el hombre le pidió a Jesús expulsar al espíritu “si es que puede”, Jesús respondió: “Si puedes creer, al que cree todo le es posible.” El hombre clamó “Creo; ayuda mi incredulidad.”

¿Existe alguna contradicción aquí?¿Acaso el hombre dijo en estas 4 palabras que cree y no cree al mismo tiempo? ¿O él pensaba que creía y luego se dió cuenta que no, pero luego creyo otra vez? ¿Quizá pensó que Jesús quería escucharlo decir que cree, pero luego se dio cuenta que había mentido?

Yo no creo que hay alguna contradicción aquí. El hombre llevó su hijo a Jesús porque había escuchado que Él lo podía sanar; si no hubiera creído se hubiera quedado en casa. Haber llevado a su hijo fue una declaración de fe. ¿Por qué dijo entonces “ayuda mi incredulidad”?

Creer en Dios vs. fe personal

No necesitamos ir muy lejos para encontrar la respuesta. Millones de personas alrededor del mundo leen la Biblia y van a la iglesia a escuchar la Palabra de Dios; estos actos pueden ser considerados como declaraciones de fe en lo que leemos y escuchamos. Pero, ¿Qué pasa cuando se trata de fe para nuestra propia vida? ¿En realidad tenemos fe en que la Palabra de Dios se puede cumplir en nuestras vidas? Por ejemplo, cuando escuchamos el versículo, “Dad gracias en todo” (1 Tesalonicenses 5:18), ¿En realidad damos gracias por todo? ¿O solamente damos gracias por las cosas buenas? Es bastante fácil dar gracias por las cosas buenas, pero debemos dar gracias en todo. O otro ejemplo, cuando escuchamos que no nos debemos enojar o amargarnos ¿creemos en verdad que podemos hacerlo? Aprender a controlarse a sí mismo y no dejar que el enojo guíe nuestras palabras y acciones es bueno, no dejar que se manifieste la amargura cuando hablamos con alguien también es bueno, pero ¿creemos en verdad que por la gracia de Dios podemos no enojarnos o estar amargados en primer instancia? (Efesios 4:31)

Cuando nos enfrentamos a nuestra propia naturaleza pecaminosa y vemos que profunda es su caída y cuán fácil es para nosotros no alcanzar lo que anhelamos, podemos clamar en nuestros corazones: “Querido Dios, yo sé que Tú existes y que tu Palabra es verdadera, ¡pero ayudame a creer que es posible para mí vivir conforme a ella!” Todas las cosas buenas vienen de Dios, y las malas y todos los problemas del pecado. Cuando recibimos fe de que en verdad podemos dejar de pecar y vivir conforme a la Palabra de Dios, y realmente no enojarse ni amargarse, podemos tener una vida verdaderamente buena, tal como Dios quiere que tengamos. (1 Juan 3:6-9)

¡Algo puede ocurrir en ti!

Yo, personalmente nací en una familia va a la iglesia y he sido un miembro activo toda mi vida. Nunca tuve problemas o pensamientos de que la Biblia estaba mal o era falsa, pero llegar a una fe para mi propia vida de que la Palabra de Dios y Su voluntad se pueden cumplir en mí, fue un gran paso más allá de la fe de un niño que cree en lo que escucha. Este clamor de “ayuda mi incredulidad” no solamente ocurre una vez en la vida, sino todos los días cuando encontramos el pecado y nuestra naturaleza humana que nos impide poner en orden nuestras vidas con la Palabra de Dios y Su voluntad.

¿Tienes fe en que la Palabra de Dios se puede cumplir en tu propia vida? ¿Crees que se pueden volver tu vida las gloriosas palabras que lees? Cuando encontramos esta gran falta de fe en nuestras vidas podemos clamar realmente: “¡Creo, ayuda mi incredulidad!” No es un fracaso de fe tener esta oración en nuestras vidas, pues viene de una profunda necesidad de vivir una vida que es agradable a Dios.

Escritura tomada de la Versión Reina-Valera 1960 © Sociedades Bíblicas en América Latina, 1960. Renovado © Sociedades Bíblicas Unidas, 1988.

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