Un árbol plantado junto a las aguas

¿Te estás alimentando de la fuente que nunca se seca a pesar del estado en el que se encuentra el mundo?

Escrito por Jim Albig
Un árbol plantado junto a las aguas

En medio de un mundo tan turbulento, puedes ser como un árbol plantado junto a las aguas.

El tiempo en el que vivimos 

El tiempo en el que vivimos ha afectado a casi todos; nos ha cambiado la manera de pensar, nuestra forma de actuar y probablemente ha hecho que muchos de nosotros examinemos en donde está puesta nuestra confianza. La gente ha visto cómo sus riquezas se evaporan, sus trabajos desaparecen y cómo se desarrolla una animosidad entre la familia y amigos por los nuevos temas en las noticias y los cambios en la sociedad. Las “certezas” de la vida ya no tan certeras, y hay una gran dificultad para encontrar respuestas reales o ayuda.  

Asimismo, en medio de todo esto, también hay un gran alboroto por la igualdad y los “derechos humanos” causando que los miedos y las frustraciones internas de la gente se disparen, creando a menudo manifestaciones violentas. ¿Qué es a lo que el mundo le tiene tanto miedo? ¿Por qué hay una gran falta de paz y reposo en la tierra? 

Jesús dice en Mateo 6:19-20: No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan.”

El hecho es que las personas, a pesar de las palabras de Jesús, tienen una tremenda cantidad de esperanza y ganas de invertir aquí en la tierra. Toda la energía y esfuerzos que han dado son para construir tesoros que los sustenten y hagan sus días aquí en la tierra lo más cómodos y agradables posible. El significado de “tesoros en la tierra” puede variar de una persona a otra, pero tarde o temprano, todos estos diversos tesoros son probados, y la gente ve como “la polilla y el orín se corrompe y los ladrones minan y hurtan.” 

Como árbol plantado junto a las aguas 

Las palabras del Señor en Jeremías dicen: “Bendito el varón que confía en Jehová, y cuya confianza es Jehová. Porque será como el árbol plantado junto a las aguas, que junto a la corriente echará sus raíces, y no verá cuando viene el calor, sino que su hoja estará verde; y en el año de sequía no se fatigará, ni dejará de dar fruto.” Jeremías 17:7-8.  

Podemos pensar en los diferentes tiempos de adversidad como la sequía que se extiende por todo el mundo. La ansiedad está en todas partes, las personas están llenas de intranquilidad por su trabajo, la economía, el gobierno y casi cualquier otra cosa que te puedas imaginar. ¡Qué gran diferencia imaginarse este glorioso árbol plantado junto a las aguas! En lugar de marchitarse y morir en esta sequía, todavía hay gloriosos frutos creciendo en él. El “calor” que ha matado y destruido a casi toda la vegetación aparentemente no ha tenido ningún efecto en él. ¿Cómo es eso posible? 

En la “época de abundancia” este glorioso árbol no estaba contento con solo echar raíces poco profundas; raíces que se alimentan de la superficie. Había un anhelo en el interior de encontrar los nutrientes y el sustento que lo alimentasen de la verdad. Sentirse bien con los logros en el exterior y las buenas obras que hizo no eran suficiente cuando percibía que buscaba el honor de los hombres o había una ambición egoísta detrás de él. Una vida de comodidad y el éxito terrenal no tenían valor pues solo le brindaban un vacío en el interior cuando se comparaba con la eternidad. El anhelo de liberarse de todos los pensamientos y cadenas terrenales y de llenar el vacío de su espíritu lo llevó a echar estas profundas raíces en la búsqueda de verdadera agua. “¿Cómo puedo ser realmente libre del egoísmo?” “¿Cómo puedo llenarme de reposo y paz en mi vida y en la eternidad?” En su necesidad, clamó a Dios por respuestas y por ayuda para vivir una vida con sentido aquí en la tierra, y ser llevado a la eternidad.  

El buscar tan profundamente lo llevaron a que sus raíces encontraran el agua. Dios respondió al árbol con su Espíritu y lo lleno con un deseo de las cosas celestiales. El árbol comenzó a dar frutos cuando el Espíritu empezó a instruirlo en las cosas que son celestiales. Al principio el fruto no es mucho; la pruebas y dificultades que enfrenta todavía tienen pensamientos y reacciones humanas, ya que se necesita una intensa batalla para separarse de sus propios pensamientos y entrar en la dirección y guía de Dios. Las raíces que tenían su origen en pensamientos humanos y en el “yo” se secan y mueren, mientras que las raíces que buscan ir a lo más profundo encuentran agua y verdadero alimento. Las raíces que buscan de Dios le encuentran por medio de la oración y su palabra, y asimismo anhelan más poder y el sustento que ya han experimentado. Es llevado a versículos como el Salmo 16:11, “Me mostrarás la senda de la vida; en tu presencia hay plenitud de gozo; delicias a tu diestra para siempre”y se goza en su necesidad. Este árbol ve que la ansiedad interior proviene de sus propios pensamientos y planes para el futuro. ¡Dios realmente tiene un camino de vida planeado, y caminar con Él trae una plenitud de gozo! El clamor de su corazón se vuelve cada vez más como el de Jeremías: “¡Mi esperanza está en el Señor, y mi confianza está puesta en Él!” Frutos de paz, gozo y amor comienzan a florecer cuando Dios lo lleva lejos de toda inquietud, descontento y frialdad, y hacia sus gloriosas promesas. 

Es posible también ser un árbol en los tiempos en los que vivimos. Podemos estar tranquilos, sin preocuparnos por el futuro y de lo que pueda suceder. Podemos estar completamente en reposo en el poder de Dios creyendo en que Él está guiando todas las cosas para nuestro bien. (Romanos 8:28). De esta manera, saldrán frutos benditos en lugar de preocupaciones, temores y las desigualdades de este tiempo. Todos los árboles que forman parte de esta obra en la tierra también están asegurando su herencia con tesoros celestiales.

 

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Escritura tomada de la Versión Reina-Valera 1960 © Sociedades Bíblicas en América Latina, 1960. Renovado © Sociedades Bíblicas Unidas, 1988.

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