El crecimiento del cuerpo de Cristo

Cuando somos parte del cuerpo de Cristo experimentamos un desarrollo espiritual. ¿Cómo alcanzamos la madurez espiritual para ser parte del cuerpo?

El crecimiento del cuerpo de Cristo

En Efesios 4:14-16 Pablo describe una imagen clara del trabajo y desarrollo de cada uno de los miembros del cuerpo de Cristo.

“Para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error, sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo, de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor.”

Pedro escribe en 1 Pedro 2:2, “desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación”, y esta regla aplica para todos nosotros. Cuando comenzamos a andar tras las pisadas de Jesús, y lo aceptamos como nuestro Salvador y Señor, entonces necesitamos de la palabra de leche pura. Lo cierto es que somos tan inmaduros espiritualmente, que no podemos comer ni digerir más que eso ¡en esa etapa tiene que ser así! 

El cuerpo de Cristo recibe crecimiento

Es tan emocionante e increíble ver crecer a los niños. Nos llenamos de alegría cuando los vemos dar sus primeros pasos o pronunciar sus primeras palabras. He escuchado a varias personas decir “¡Oh, desearía que se quedaran pequeños  para siempre!” Sin embargo, si eso sucediera, sería algo completamente desfavorable. Desafortunadamente, hay quienes piensan de la misma manera con respecto al crecimiento espiritual. Pero Jesús no quiere como Esposa a un niño espiritual. ¡De ninguna manera! Entonces ¿Cómo puede una tal persona ser parte en el crecimiento del cuerpo de Cristo?

“Y todo aquel que participa de la leche es inexperto en la palabra de justicia, porque es niño; pero el alimento sólido es para los que han alcanzado madurez, para los que por el uso tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal”. Hebreos 5:13-14. En otras palabras, tenemos que practicar la palabra de justicia. 

Jesús nos muestra la importancia de tener una postura mental en Mateo 7:24-25:  “Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca. Descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca.”

Sé un hacedor de la Palabra

El secreto para el crecimiento en el cuerpo de Cristo es; “¡que cada miembro haga su parte!” Para nosotros, como seres humanos es natural pensar, que con tan solo escuchar y creer podremos crecer y recibir madurez. Pero la verdad es que seguiremos siendo niños en Cristo si no somos hacedores de la Palabra. “Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos. Porque si alguno es oidor de la palabra pero no hacedor de ella, éste es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural. Porque él se considera a sí mismo, y se va, y luego olvida cómo era.” Santiago 1:22-24. Necesitamos ser honestos con la persona que miramos al espejo y preguntarnos si en verdad llevamos a cabo lo que leemos y escuchamos de la Palabra de Dios.

Mas el que mira atentamente en la perfecta ley, la de la libertad, y persevera en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, éste será bienaventurado en lo que hace.” Santiago 1:25. Es claro que nos cuesta emprender la batalla contra los deseos que moran en nuestra naturaleza pecaminosa. Negarnos a nosotros mismos y tomar nuestra cruz requiere de un gran esfuerzo. ¡Pero así es como nos volvemos un miembro en el cuerpo de Cristo! 

“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.” Juan 1:1. Cuando escuchamos la Palabra de Dios, se nos revela un poco de la vida de Jesús, y al mismo tiempo nos damos cuenta de cuan apartados estamos de llegar a tal vida, esa que Jesús vivió. Este es el espejo del cual escribe Santiago. 

Es difícil para nuestra carne, cuando la luz de la Palabra de Dios revela o juzga nuestra condición, pero si mezclamos las promesas de la Palabra de Dios con fe en nuestros corazones, obtendremos lo que Pedro llama “preciosas promesas:” “Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia, por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia” 2 Pedro 1:3-4.

La naturaleza de Jesús crece en nosotros

¿Será posible experimentar ese desarrollo, de tal manera que nuestros deseos y pasiones más fuertes se vuelvan cada vez más débiles hasta llegar al punto en que desaparezcan por completo? ¿Y que al mismo tiempo crezca en nosotros la naturaleza divina de Jesús? ¡SÍ, es completamente posible!

“Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos” Gálatas 5:24.

“El discípulo no es superior a su maestro; mas todo el que fuere perfeccionado, será como su maestro.” Lucas 6:40. Jesús nos mostró cómo y cuándo usar nuestra cruz en contra de nuestros deseos, los cuales están arraigados a nuestra naturaleza humana. Él nos enseña a usar la cruz y a mantenerla en nuestros corazones para que podamos presentarnos puros ante Dios. Cuando cada miembro entiende qué es tomar su cruz, se puede experimentar el crecimiento del cuerpo de Cristo, que es, crecer en los frutos del Espíritu. “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley.” Gálatas 5:22-23.

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Escritura tomada de la Versión Reina-Valera 1960 © Sociedades Bíblicas en América Latina, 1960. Renovado © Sociedades Bíblicas Unidas, 1988.

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