¿Seguir tu sueño o seguir tu llamado?

Hay un camino en el que nadie ha sido decepcionado. ¿Crees que seguir tu sueño es ese camino? o ¿existe algún otro?

¿Seguir tu sueño o seguir tu llamado?

A menudo escuchamos en la publicidad: ¡Sigue tus sueños! ¡Haz que tus sueños se vuelvan realidad! ¡Atrévete a seguir tus sueños! Pareciera que el cumplir nuestros sueños es sinónimo de alcanzar felicidad en la vida. Veremos que hay buenas razones para cuestionar esta suposición.

Tenemos muchos sueños, especialmente cuando somos jóvenes. Por lo general giran en torno a una carrera, a tener éxito en un deporte, profesión, arte o en llegar a ser un artista. El logro de nuestros sueños sin embargo, depende de muchos factores y condiciones. A menudo son cosas que están fuera de nuestro alcance. Por ejemplo, las finanzas, el talento, el entorno y otras circunstancias que afectan el hecho de que sea factible. Por lo tanto, hay mucha incertidumbre relacionada en torno a la posibilidad de alcanzarlos. Uno con seguridad puede decir que es bastante improbable poder cumplir nuestros sueños, por el simple hecho de que son otras personas y/o circunstancias que seguido determinan lo que sucede.

Pero, así no es nuestro llamamiento celestial. Nuestro llamado pide seguir a Jesús, ser su discípulo, seguir sus pisadas y ser conforme a su imagen. (1 Pedro 2:21) Está escrito en Hebreos 3:1, “Por tanto, hermanos santos, participantes del llamamiento celestial…” Este es el mayor llamamiento que una persona puede recibir en la tierra. Y al igual como sucede con una vocación profesional o una profesión, también hay condiciones para cumplir nuestro llamamiento celestial. Jesús dice en Lucas 14:33, Así, pues, cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo.” En otras palabras, si no renunciamos a todo en este mundo no podemos ser su discípulo, pero si lo hacemos – podemos. Aquí somos nosotros mismos los que determinamos lo que sucede, ya que nosotros mismos podemos optar por pagar el precio y cumplir las condiciones. El poder y la gracia para lograrlo están plenamente disponibles junto a Él que nos ha llamado.

“Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.” Efesios 2:10.  Fuimos creados con un propósito muy significativo. Al encontrar y andar en estas obras que Dios preparó de antemano para nosotros, nuestro llamado celestial comienza a realizarse y nuestra vida se vuelve de gran bendición y beneficio para nuestro prójimo y de gran gozo para nosotros mismos.

Es a través de nuestros sentidos y nuestra imaginación que el enemigo del alma recibe acceso, y así como Eva las personas son engañadas por sus deseos. A menudo es por “el sueño de la buena vida” que el poder de la mentira gana acceso en la mente humana. (leer 2 Tesalonicenses 2:10) Debido a la corrupción que proviene de los fraudulentos deseos, muchas personas vuelven atrás a una vida dondé hay desilusiones, terror y remordimientos. Su sueño era una burbuja que estalló. Toda la energía, tiempo y recursos fueron sacrificados en el altar de la vacuidad.

Pablo estaba asido de su llamamiento celestial. No hubo ningún sueño en la conducción de su vida, sino un anhelo sincero de ser un discípulo y servir a Dios por completo. Conforme a mi anhelo y esperanza de que en nada seré avergonzado; antes bien con toda confianza, como siempre, ahora también será magnificado Cristo en mi cuerpo, o por vida o por muerte.” Filipenses 1:20. Su anhelo y esperanza estaban anclados en algo que era totalmente alcanzable, y él estaba dispuesto a pagar el precio.

Ya que es bastante incierto alcanzar nuestros sueños, y por lo tanto bastante probable ser decepcionados si los perseguimos, es 100% seguro que podemos llevar a cabo nuestro llamamiento celestial, si nosotros mismos estamos dispuestos a pagar el precio. Elige este camino, nadie jamás ha sido decepcionado. ¡La elección es nuestra!

Escritura tomada de la Versión Reina-Valera 1960 © Sociedades Bíblicas en América Latina, 1960. Renovado © Sociedades Bíblicas Unidas, 1988.

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