“¿Qué piensas de ti?”

Escuché una vez de alguien la respuesta más simple a esta pregunta, y causó en mí una gran impresión.

“¿Qué piensas de ti?”

“¿Les agrado? ¿Creen que soy talentosa en esto o aquello? ¿Creen que tengo una personalidad “genial”, o al menos que soy divertida?”

Muchas personas tal vez nieguen que no les importa mucho lo que otras personas piensen de ellos. Pero si somos honestos con nosotros mismos, nos demos cuenta o no, preocuparnos por lo que otros piensan de nosotros es algo que nos afecta a la mayoría. Si prestamos atención a la cantidad de pensamientos que circulan en nuestra cabeza cada día, y que tienen que ver con preocuparnos por lo que otros piensan de nosotros; quizá al hacer un recuento, ¡tendríamos rápidamente una gran cantidad acumulada!

Pensamientos como una plaga

Yo misma, por naturaleza, estaba muy ligada a pensamientos que giraban en torno a lo que las otras personas pensaban de mí, tanto, que parecía esclavitud. Estos pensamientos me atormentaban y no me dejaban descansar, mi vida iba de “arriba para abajo.” Si me enteraba que las personas pensaban bien de mí, me felicitaban o me hacían saber cuánto me apreciaban, me sentía muy bien y era feliz. Pero, si la gente expresaba críticas sobre lo que dije o hice, y me hacían saber que no estaban de acuerdo conmigo, rápidamente me molestaba. Por eso sabía que tenía que vencer sobre esta tendencia en mi interior.

Hay varias cosas que me han sido de gran ayuda mientras trabajaba en vencer sobre esta tendencia. Una de ellas es un solo versículo en 1 Corintios 7:23, “Por precio fuisteis comprados; no os hagáis esclavos de los hombres.” Esto me dio algo concreto para usar como arma contra todos esos pensamientos que surgieron a lo largo del día. Cada vez que surgía un pensamiento, podía orar a Dios, “¡Ayúdame a no ser un esclavo de las personas!” Sabía que esta era una oración conforme a la voluntad de Dios, ya que su intención no era que estuviera ligada a las opiniones cambiantes de otras personas, especialmente desde que supe muy bien que esto solo causaba inquietud y miseria.

La otra cosa que me ayudó, fue algo simple que una vez escuché decir a alguien. Esta persona estaba en una posición en la que mucha gente lo admiraba y, debido a esto, alguien le preguntó: “¿Qué piensas de ti mismo?” La respuesta fue directa y honesta, pero “dio justo en el punto.” “Yo no pienso en mí”, dijo; desde entonces esa frase se me quedó muy grabada.

Dándome cuenta de mi egocéntrico …

No tenía que preguntarme a qué se refería con eso; lo entendí inmediatamente. No hay absolutamente ninguna razón para estar constantemente preguntándome qué están pensando de mí las otras personas; No necesito estar concentrada en todos estos pensamientos egocéntricos. ¡De hecho, no me es necesario “pensar en mí” de esa manera!  Es una búsqueda completamente ineficaz e inútil, que solo conduce al estrés y me hace perder las oportunidades que Dios tiene para que yo le sirva.

Pos supuesto, se requiere una lucha, ¡pero vale la pena! Mucha intranquilidad desaparece cuando dejo de analizar en exceso lo que otras personas piensan de mí, y al mismo tiempo dejo de hacer que todo sea tan complicado por mis propios complejos. Por ejemplo, mis pensamientos de inferioridad tienen que “esfumarse” cuando elijo creer que no tienen nada que ver con la forma en que Dios ve las cosas y los pensamientos que tiene hacia mí. Sentirme mal por mí misma tampoco tiene cabida cuando elijo tomarlo así. Ofenderse y ponerse a la defensiva porque tomo las cosas de manera personal también se ven aplastadas cuando mis pensamientos no giran en torno a mí, pues estoy ocupada en encontrar y hacer la voluntad de Dios y vivir solo para Él. En términos simples, ¡mi ego es lo que tiene que disminuir!

Finalmente, la mejor parte es que a medida que mi ego disminuye, me convierto en alguien que está mucho más consciente de las necesidades de los demás y puedo ver más fácilmente cómo ser de ayuda en sus situaciones y circunstancias. Donde antes era complicada y egocéntrica, me volví más y más libre de mí misma y más y más capaz de ser una ayuda y una bendición para quienes me rodean, ¡algo que realmente quiero ser!

Escritura tomada de la Versión Reina-Valera 1960 © Sociedades Bíblicas en América Latina, 1960. Renovado © Sociedades Bíblicas Unidas, 1988.

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