El perdón de pecados

La obra de Jesús

Todos los que llegan a una fe en Jesús y piden perdón por sus pecados porque se han arrepentido, reciben perdón, pero no porque lo merecen sino por gracia. No tenemos ningún requisito que debamos cumplir para recibir el perdón de pecados. Esto lo vemos claramente cuando Jesús le abrió el camino al Paraíso al ladrón en la cruz que se arrepintió de su pecado. «Hoy estarás conmigo en el paraíso». Este es el gran amor de Dios para con nosotros, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en Él, no se pierda más tenga vida eterna.

«… la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él. Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús.» Romanos 3,21-24.

Jesús llevó nuestro pecado y el pecado del mundo entero, tanto sobre su cuerpo como en su cuerpo. Cuando murió en la cruz, el justo por los injustos, anuló el acta de decretos, o la carta de acusación, o de condenación que había por infraccionar la ley. «Porque la paga del pecado es muerte,» (Romanos 6,23) y Satanás usó esto, si servía de algo, para acusar a las personas ante Dios. Ahora, no hay nada más que acusar – Jesús aplastó el poder de Satanás al vencer todo el pecado que entró por causa de la caída. La deuda del pecado fue pagada. El diablo nunca pudo engañar o burlar a Jesús para que hiciera su propia voluntad. Por el contrario, a través de la ayuda de Dios, y por el poder y la gracia de lo alto, siempre venció. Esta obra se llevó a cabo en su cuerpo, en su carne, y por lo tanto tuvo poder sobre la muerte. A través de esta obra, también tenemos la posibilidad de recibir perdón por todo el pecado que hemos cometido.

Pablo lo expresa de esta manera: «Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados, anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz.» Colosenses 2,13-14.

Los que cometían pecado en el antiguo pacto eran culpables de acuerdo a la ley y eran castigados, incluso algunos recibían la pena de muerte. Los sacrificios siempre tenían que ser ofrecidos por el pecado, pero estos sacrificios no quitaban el pecado. (Hebreos 10,1-4) Sin embargo, Jesús, el Hijo unigénito de Dios, tomó todo el pecado del mundo sobre sí mismo, podemos decir que tomó la culpa de todos los pecados cometidos a lo largo de la historia. Él no cedió a la tentación como todas las personas delante de Él, sino en el poder del Espíritu Santo que estaba en Él, venció todo el pecado que había entrado por causa de la caída, que fue la fuente de toda caída posterior en el pecado a lo largo de la historia. ¡Por lo tanto, el anuló el «acta de decretos» que había contra nosotros! ¡Esto es algo incomprensiblemente grande! Significa que podemos participar de la vida de Jesús sin haber hecho muchas buenas obras para merecerlo – ¡Somos salvos por gracia!

Todos pueden, por lo tanto, recibir perdón a través de la gracia, la cual no es merecida, de todos los pecados cometidos; pero si queremos entrar en la vida del discipulado hay algunas condiciones claras. Pedro dice: «Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio.» Hechos 3,19. Una conversión de todo corazón debe resultar en nosotros que nos alejemos de la vieja vida en la que servimos al pecado y buscamos al mundo con nuestra mente. Debemos comenzar un nuevo camino, en el que buscamos a Dios y las cosas celestiales. No podemos seguir cometiendo pecado en secreto. Cuando Jesús encontró a Pablo en el camino a Damasco le dijo: «… para que abras sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios; para que reciban, por la fe que es en mí, perdón de pecados y herencia entre los santificados.» Hechos 26,16-18.

Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda injusticia. Es importante entender que el perdón de pecados no es el objetivo final de un discípulo, sino el comienzo de una nueva vida, ¡una vida que podemos vivir sin cometer pecado! Pablo describe este glorioso desarrollo de la siguiente manera: «Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna.» Romanos 6,22. Ser partícipes de la santificación significa que somos partícipes cada vez más de la naturaleza de Dios.

«El mar del olvido»

En Isaías leemos lo que Dios dice acerca del futuro: « No os acordéis de las cosas pasadas, ni traigáis a memoria las cosas antiguas. He aquí que yo hago cosa nueva; pronto saldrá a luz; ¿no la conoceréis? Otra vez abriré camino en el desierto, y ríos en la soledad… Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados.» Isaías 43,19-19,25.

Cuando hemos pedido perdón a Dios por el pecado que hemos cometido, y firmemente nos decidimos a no hacerlo más, Dios borra la transgresión, y no la vuelve a recordar.

«El volverá a tener misericordia de nosotros; sepultará nuestras iniquidades, y echará en lo profundo del mar todos nuestros pecados.» Miqueas 7,19.

Dios arroja todo el pecado que hemos cometido y por el cual pedimos perdón a este «mar». Si hemos pecado contra otras personas y las hemos dañado, debemos dejar esto en orden, si es posible. Sin embargo, también debemos arrojar los pecados que otros han cometido en nuestra contra al mismo mar. Al igual que Dios, debemos ser capaces de perdonar a nuestros semejantes por sus pecados e injusticias en nuestra contra.

Debemos perdonar

Jesús enseñó a sus discípulos a orar, y esta es una parte de la llamada «Oración del Señor»: « Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.» Mateo 6,12.

Hay una clara condición para recibir el perdón de pecados, que también nosotros perdonemos el pecado y la injusticia que creemos otras personas nos han hecho. Vemos que esto Jesús lo enfatiza en la Oración del Señor, la cual enseño a sus discípulos.

También lee en Mateo 18,25-35. Aquí vemos cómo Jesús ve el asunto del perdón. Si Dios nos perdona, estamos obligados a perdonar a nuestro hermano. Sin un espíritu perdonador, dejamos de servir a Dios, y Satanás gana poder. Si somos incapaces de perdonar, y comenzamos a odiar a nuestro hermano, permanecemos en la muerte y no tenemos futuro. Juan dice que hemos pasado de muerte a vida si amamos a nuestro hermano. (1 Juan 3,14) ¡Aquí es donde se encuentra nuestro futuro!

Escritura tomada de la Versión Reina-Valera 1960 © Sociedades Bíblicas en América Latina, 1960. Renovado © Sociedades Bíblicas Unidas, 1988.

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