¿Quién es un discípulo?

El término «discípulo» significa originalmente un alumno (de un maestro) o un aprendiz (para un maestro artesano). Muchas personas creen que se han convertido en discípulos de Jesús cuando Él ha perdonado sus pecados. De hecho, estábamos muertos en nuestras ofensas, pero a través del perdón nos dio vida juntamente con Él. (Colosenses 2,13) Sin embargo, el perdón de pecados no es el discipulado. Una vez que hemos recibido la expiación por nuestros pecados y somos reconciliados con Dios a través de la muerte de Jesús, llegamos al punto de partida en seguir el ejemplo de Jesús en su vida.

Nuestro maestro y precursor

 

«El discípulo no es superior a su maestro; mas todo el que fuere perfeccionado, será como su maestro.» Lucas 6,40. Un discípulo de Jesús entra en un proceso de aprendizaje permanente para vivir la misma vida que Jesús vivió. La vida de Jesús es la perfecta expresión de la voluntad de Dios. Él jamás pecó. Esto no fue porque nació con una naturaleza divina que no puede ser tentada. Durante su vida, personalmente pasó por un proceso de entrenamiento para hacer la voluntad de Dios en lugar de la suya.

«Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.» Filipenses 2,5-8. Jesús tuvo que aprender a discernir la voluntad de Dios, y tuvo que aprender la obediencia (Hebreos 5,7-8). Durante toda su vida, Él dijo, «No se haga mi voluntad, sino la tuya.» (Lucas 22,42, Hebreos 1,5-7.) Toda su vida fue tentado en todos los puntos en semejanza con nosotros. (Hebreos 4,15) Sin embargo, Él escogió humillarse a sí mismo y padecer en la carne (negar su propia voluntad, las exigencias del pecado en la carne), en lugar de ceder al pecado, (Filipenses 2,8, 1 Pedro 4,1) Como resultado de esta increíble fidelidad, no cometió pecado, ni fue hallado engaño en su boca. ¡Jamás cayó del amor, la pureza y la bondad! Este es el maestro, el precursor que los discípulos tienen como ejemplo, para seguir tras sus pisadas (1 Pedro 2,21-22)
(Para más información acerca de la vida de Jesús, lee el tema de Nuestro Fundamento: Cristo manifestado en la carne.)

La forma en que Jesús anduvo fue una vida oculta con Dios, donde llevó a cabo una obra en su naturaleza humana, su carne. De esta manera, venció el pecado en la carne y pudo cumplir con el increíble plan de salvación para la humanidad. (Romanos 8,3-4) Debido a que Jesucristo tomó sobre sí la naturaleza humana, y esta obra de condenación del pecado en la carne tuvo lugar en un ser humano, sus discípulos, que tienen la misma naturaleza, ahora pueden seguirle por este camino, independiente de su origen, personalidad, ubicación o el tiempo en que viven. (Hebreos 2,10-18)

La actitud de un discípulo hacia el pecado

Así como su Maestro, los discípulos de Cristo se comprometieron a hacer toda la voluntad de Dios, en lugar de ceder a los deseos pecaminosos y al egoísmo en su propia carne. Jesús tuvo una actitud radical con respecto al pecado. (Mateo 5,27-30) Sus discípulos son exhortados a tener el mismo sentir. (Filipenses 2,5; 1 Pedro 4,1-2) Es mucho más fácil ceder al pecado que negarse a nuestros deseos. Si hemos hecho algo mal, lo más fácil es defendernos y excusarnos. Sin embargo, como discípulos aprendemos que la voluntad de Dios es reconocer la verdad (Juan 3,19-21), humillarnos (Santiago 4,6-10) y juzgarnos a nosotros mismos en lugar de culpar a los demás (Mateo 7,1-3) Para cumplir su palabra, debemos amar la voluntad de Dios tanto como para renunciar a nuestra propia voluntad, o como Jesús lo dijo, nuestra propia vida, que es la inclinación al pecado que es inherente en nuestra naturaleza humana. (Lucas 14,26-27) ¡Sin esta actitud radical, no podemos vencer el pecado, y no podemos ser discípulos de Jesús!

La mayor motivación

«… despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios.» Hebreos 12,1-2. La alegría de Jesús era que tendría discípulos que vivirían la misma vida, y llegarían a la misma naturaleza divina. ¡El esperaba tener hermanos con los que pudiera compartir toda su herencia que recibió de su Padre Celestial! (Romanos 8,16-17; Romanos 8,29; Hebreos 2,10-18)

La mayor motivación para los discípulos es el amor hacia aquel que nos amó primero (1 Juan 4,19), y que dio su vida por nosotros, a pesar que sabemos que nunca podremos pagar la gracia inmerecida que hemos recibido.

«Porque el amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron; y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos.» 2 Corintios 5,14-15. Los discípulos no estarán satisfechos con una actitud perezosa de usar el perdón de pecados como una excusa para seguir cediendo a las pasiones y deseos pecaminosos. ¡La meta que Jesús nos ha puesto, es ser perfectos  así como nuestro Padre en el cielo es perfecto! (Mateo 5,48)

Habrá necesariamente padecimiento en este increíble proceso de ser transformados de un hombre pecador a la perfecta imagen de Cristo. Sin embargo, con Cristo como nuestro ejemplo y el amor de Cristo que nos constriñe, nosotros, como discípulos, proseguimos «a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús.» Filipenses 3,14. Este premio es llegar a ser semejantes a Él, y verle tal como Él es. (1 Juan 3,2)

Escritura tomada de la Versión Reina-Valera 1960 © Sociedades Bíblicas en América Latina, 1960. Renovado © Sociedades Bíblicas Unidas, 1988.

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