La segunda cruz: Crucificar al viejo hombre y la carne con sus pasiones y deseos

Aquellos que están realmente cansados de su propio pecado y tienen un anhelo verdadero de entrar en una vida nueva, son llevados al arrepentimiento por la bondad de Dios. (Romanos 2,4) « Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio…» Hechos 3,19. El convertirse1 es una decisión sincera que uno hace para arrepentirse de los pecados pasados y alejarse del mundo – de vivir en los placeres pasajeros del pecado, a vivir para Dios ciento por ciento; no un poco para el mundo y un poco para Dios. Por la misericordia de Dios, recibimos el perdón de nuestros pecados a través de la gracia, la cual no merecemos, y el fundamento para una nueva vida ahora es establecido. (Hechos 3,19; Hechos 26,18)

Crucificar al «viejo hombre» (Romanos 6,6; Efesios 4,17-24)

Para llegar a una vida nueva, tenemos que sacrificar el «viejo hombre2» – nuestra vieja vida. (Efesios 2,2-3, Efesios 4,22-24) Nuestro «viejo hombre» es nuestra mentalidad antes de la conversión, donde permitíamos que el pecado gobernara en nuestras vidas, donde no habíamos tomado una decisión consciente de resistir al pecado, sino que en lugar de ello cedíamos a la tentación. Es claro que no hay manera que podamos dejar de pecar si nuestro «viejo hombre» sigue siendo activo en nuestras vidas. De otro modo necesitaremos perdón por los mismos pecados que cometemos día a día. Creer que podemos recibir victoria sobre el pecado sin sacrificar al «viejo hombre» es un engaño. De lo contrario, es sólo una batalla para mantener una buena apariencia en lo exterior. Si anhelamos un progreso espiritual después de convertirnos, entonces tenemos que sacrificar o crucificar a nuestro «viejo hombre». (Romanos 6,6)

Crucificar al «viejo hombre» es un acto de fe, una decisión que tomamos para despojarnos de nuestra vieja mentalidad que voluntariamente cede al pecado, y establecer al «nuevo hombre3» – una nueva mentalidad y determinación para resistir al pecado y vivir una vida crucificada con Él. (Efesios 4,17-24) Nos consideramos a nosotros mismos muertos al pecado – ya no servimos conscientemente al pecado, sino que estamos vivos para Dios y su obra – nuestros cuerpos son al contrario utilizados para servirle en obediencia. (Romanos 6,11-14) Podemos tomar este decisivo compromiso de sacrificar a nuestro «viejo hombre» y comenzar una nueva vida sin importar donde estemos – ¡Es una decisión que tomamos por fe!

Sacrificar al «viejo hombre» no significa que no tenemos pecado en la carne4 y que no seremos más tentados al ser atraídos y seducidos por nuestros propios deseos. (Santiago 1,14-15) Significa, sin embargo, que ya no vivo de acuerdo al pecado. Esta es la nueva mente3. Nuestra nueva mente ya no sirve al pecado, sino que al contrario declara un rotundo «¡No!» cuando somos tentados. Esta es una poderosa decisión de fe, la cual tiene lugar en nuestra mente.

Crucificar la carne con sus pasiones y deseos (Gálatas 5,24)

Con esta nueva mente, nuestra carne con sus pasiones y deseos puede ser crucificada con Cristo. (Gálatas 5,24) La carne es la parte de nuestro cuerpo de pecado, de la cual somos conscientes. Naturalmente, no podemos crucificar lo que no hemos reconocido como pecado hasta el momento. Sin embargo, tan pronto recibimos luz que algo es pecado, tenemos que crucificarlo – llevarlo a la muerte. (Colosenses 3,5) Cuando estas pasiones y deseos surgen de nuestra carne, deben ser crucificados – jamás permitirlos en nuestro corazón y mente – y padecer hasta que mueran. Esto produce padecimientos en nuestra carne, ya que nuestras pasiones y deseos pecaminosos que moran allí no están siendo satisfechos. Estos deseos finalmente mueren cuando son continuamente negados hasta llegar a la muerte.

Nuestra mente, nuestra conciencia, que antes estaba en obras malignas ha sido sometida a la voluntad de Dios por la fe. Debemos considerarnos a nosotros mismos muertos al pecado, pero vivos para Dios. (Romanos 6,11) Cuando una persona continúa viviendo en pecado consciente, es porque el «viejo hombre» todavía está vivo, y no tiene la mente para resistir el pecado – son esclavos del pecado. Por lo tanto, sacrificar al «viejo hombre» abre la posibilidad de una vida en victoria total sobre el pecado consciente hasta allí donde tenemos luz – nuestros cuerpos ya no son más esclavos del pecado. «Así que, hermanos, deudores somos, no a la carne, para que vivamos conforme a la carne.» Romanos 8,12. Las inclinaciones malignas en nuestra carne ya no gobernarán sobre nosotros.

Esta cruz es para todos los que hemos pecado y tenemos hábitos pecaminosos, pero que se han arrepentido y han decidido comenzar una nueva vida.

Glosario

  1. Conversión/Ser convertidos: Ser convertidos es tomar la decisión de apartarse del pecado y de las tinieblas, del poder del diablo al Dios vivo. Nos arrepentimos de nuestros pecados pasados, desechamos nuestra vieja vida – una vida que disfrutaba de vivir en los placeres pasajeros del pecado, y nos apoderamos de una nueva mente – una mentalidad que está decidida a resistir el pecado (decir «¡No!» en la tentación). También es importante, después de la conversión, no volver al entorno que tenía una influencia negativa sobre uno antes de la conversión, de lo contrario las cosas pueden ir mal otra vez. (Hechos 3,19, Hechos 26,18, 1 Pedro 2,1-2)
  2. El «viejo hombre»: Nuestro «viejo hombre» es nuestra mentalidad donde no hemos tomado una decisión consciente de resistir el pecado. Con esta mentalidad, cuando somos tentados a pecar, conscientemente aceptamos estas tentaciones en nuestra mente, permitiendo que estos pensamientos se manifiesten en pensamientos, palabras y hechos pecaminosos. (Romanos 6,1-6, Efesios 4,22-24, Colosenses 3,9-10)
  3. El «nuevo hombre»/«Nueva mente»: El «nuevo hombre» es la nueva mentalidad, la nueva determinación que hemos puesto después de sacrificar al «viejo hombre». Es una decisión de luchar contra el pecado, de decir «¡No!» cada vez que somos tentados a pecar, para vivir en justicia y santidad. (Efesios 4,22-24)
  4. El pecado en la carne: La naturaleza humana pecaminosa que todas las personas han heredado desde la Caída. Esto significa que como ser humanos somos naturalmente tentados por deseos y pensamientos pecaminosos. También se le menciona a menudo mencionado como el «pecado original» o «el pecado que mora en el interior».

Escritura tomada de la Versión Reina-Valera 1960 © Sociedades Bíblicas en América Latina, 1960. Renovado © Sociedades Bíblicas Unidas, 1988.

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