¿Es pecado ser egoísta?

Los seres humanos son muy egoístas por naturaleza, pero ¡no tenemos que seguir siendo así!

¿Es pecado ser egoísta?

Todo pecado es en realidad egoísmo; todo pecado es ceder a algo que quieres, que sientes que te sirve en ese momento. A eso se le llama “egoísmo.” Es una tendencia completamente natural que todos los humanos tienen arraigada muy profundamente. Pero, estamos llamados a seguir los pasos de Jesús, a vivir nuestras vidas como Él lo hizo, venciendo el pecado. No estamos destinados a vivir “atrapados”, sin salida, por nuestras tendencias humanas. Solamente podemos seguir las pisadas de Jesús si decidimos dejar de vivir para nosotros mismos y vivimos completamente conforme a la voluntad de Dios en nuestra vida en lugar de la nuestra: “Nada hagáis por contienda o por vanagloria…” Filipenses 2:3.

El efecto del egoísmo

Ser egoístas en lugar de negar el pecado cuando somos tentados, nos hace extremadamente infelices: “Porque donde hay celos y contención, allí hay perturbación y toda obra perversa.” Santiago 3:16. Cuando elegimos ser egoístas de alguna manera (por ejemplo, ser codiciosos, ser celosos en lugar de regocijarnos por los demás, hacer lo que sabemos que es incorrecto), continuaremos atrapados en el ciclo de frustrarnos, perdernos, no poder hacer nada y además perdemos progreso espiritual y somos infelices.

Tomar decisiones egoístas hará que perdamos nuestra conexión y vida con Dios; no podemos ser egoístas y vivir para Dios; no podemos mantener un poco de nuestra vida (vivir para servir a nuestra propia voluntad), incluso parte del tiempo, y también vivir para Dios. Esta mentalidad se le denomina doble ánimo: “…y vosotros los de doble ánimo, purificad vuestros corazones.” Santiago 4: 8; Dios no dará Su bendición a tales personas. (Apocalipsis 3:16)

¿Cómo vencemos el egoísmo?

Lucas 9:23: “Y decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame.”

En este simple versículo Jesús nos da las llaves al cielo y a la naturaleza divina. Jesús dice aquí que si anhelamos seguirlo, debemos tomar nuestra propia cruz (muerte a nuestra voluntad con sus inclinaciones pecaminosas en todas las situaciones) diariamente. No una o dos veces, no a veces, no cuando siento que es “mi turno”, sino todo el tiempo. Esta es la forma en que Él vivió Su vida cada día, y así es como nosotros debemos vivirla. Cuando renunciamos a nuestra vida por Dios: nuestras propias opiniones, deseos, las tendencias pecaminosas en nuestra carne – obtenemos la vida más gratificante, feliz y satisfactoria posible aquí en la tierra, mientras participamos de la naturaleza divina. “Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, éste la salvará.” Lucas 9:24.

Permanecer en amor es huir de todo el egoísmo: “Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos.” Juan 15:13. Cuando vencemos el pecado en nuestra propia vida, nos salvamos a nosotros mismos y también ayudamos a quienes nos rodean. (1 Timoteo 4:16) No ponemos a los demás primero solo cuando nos da la gana, o cuando sentimos que las personas merecen la bondad. Actuamos siempre en amor, por el amor de Jesús, porque lo amamos, por eso siempre queremos seguir Sus mandamientos.

Jesús llevó a cabo el mayor acto de abnegación al venir a la tierra y elegir hacer un camino para nosotros por medio de vencer al pecado en todas sus situaciones de la vida, y por definitiva muriendo en la cruz. Este ha sido el mayor acto de amor que ha existido. Podemos leer de Su mente decidida en Lucas 22:42, cuando supo que su muerte se acercaba, y de la forma en la que escogió servir a Dios y nunca a sí mismo “diciendo: Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.

Una vida plena

Como ser humano, Jesús pasó por medio de todo tipo de situaciones en las cuales fue tentado en todo igual que nosotros, pero Él venció sobre todas y cada una de ellas, sin pecar o a hacer su propia voluntad. (Hebreos 4:15) Él dijo: “…pero confiad, yo he vencido al mundo.” Cuando sentimos que no tenemos la fuerza o la habilidad para negar nuestros deseos egocéntricos a pecar en una situación, podemos simplemente orar, creer y recibiremos ayuda: “Y todo lo que pidiereis en oración, creyendo, lo recibiréis.” Mateo 21:22.

Cada persona en este mundo es o un siervo de Dios o un un siervo de sus inclinaciones naturales y pecaminosas. (Romanos  6:16) Ser un siervo de Dios da alegría y ayuda a las personas en el mundo, y lo mejor de todo, la transformación que ocurre en nuestro interior no se nos puede ser quitada. Nos liberamos cada vez más del pecado. Ser esclavos de nuestro egoísmo nos lleva a la perdición y nos deja vacíos. Dios quiere que vivamos la vidas más feliz y satisfactoria posible: “Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis.” Jeremías 29:11. ¡Eso es lo que recibimos cuando vivimos una vida para Él y no para nosotros mismos!

Escritura tomada de la Versión Reina-Valera 1960 © Sociedades Bíblicas en América Latina, 1960. Renovado © Sociedades Bíblicas Unidas, 1988.

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