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El impacto de las palabras: Una historia verdadera

Hablar mal de otros puede tener consecuencias perdurables.

Un comentario que cambió una vida

Ya se había pasado su hora de dormir, así que la pequeña niña se sentó muy callada como un pequeño ratón en la esquina de la sala. Ella quería que su mamá olvidara que estaba ahí. Las amigas de su mamá estaban en la casa visitandola y era muy emocionante escuchar lo que los adultos hablaban. Cuando sabían que no había niños presentes hablaban abiertamente y la niña podía aprender sobre el fascinante mundo de los adultos. Ella tenía 7 años.

De repente, escuchó que mencionaron a su tía y escuchaba atentamente. Ella amaba a esta tía, pues era la persona más dulce, amable y generosa que conocía. La niña sentía que tenía un lugar especial en el corazón de su tía.

“Es una muy mala madre y está estropeando a sus hijos por completo”, escuchó la niña a una de las señoras decir. Después, descaradamente, “¡Ella pone azúcar en la crema cuando hace pasteles!”

Consecuencias

La niña se quedo asustada y en shock, por el hecho de pensar que su muy amada tía ¡era una muy mala madre! Ella nunca podía haber llegado a imaginarse eso. Pero la señora que lo dijo era una muy buena cristiana, por lo que debía ser verdad.

¿Estaba tan mal poner azúcar en la crema? Ella se sentó por un largo rato a reflexionar sobre esto. Tiene que ser algo muy malo por la forma en que lo dijo. ¡Pensar que su tía era una muy mala madre! El tiempo parecía detenerse para la pequeña niña y algo dentro de ella se destruyó.

En el transcurso de la noche, ese imprudente comentario hizo que vinieran más afirmaciones de la misma persona. La niña escuchó cosas muy negativas de personas a las cuales ella amaba y admiraba. Poco a poco su corazón se endureció y comenzó a pensar que ella debía ser algo especial, ya que todos los demás eran muy malos.

Desde ese entonces, cada vez que veía a su tía, se la imaginaba poniendo mucho azúcar en la crema y siendo una muy mala madre. La niña comenzó a alejarse de su tía, a pesar de que la extrañaba. Nunca volvió a ser la misma niña confiada y despreocupada, porque si no podía confiar en su muy amada tía ¿en quién podría confiar?

Una gran carga

Pasaron once años, y con el tiempo, la niña se sintió cada vez peor por todas las cosas negativas que sabía de las personas a su alrededor y que le había contado a los demás. Poco a poco reconoció que algo estaba mal con ella; necesitaba alguien con quien hablar, ¿pero a quién podría pedir por ayuda? tenía miedo de que cualquiera de las personas que conocía revelarán sus secretos a otros, ¡no podía confiar en nadie!

La joven chica se fue al extranjero por un año. Tenía la esperanza de que estar en un nuevo entorno la ayudaría a aliviar la carga en su corazón. Pero solo empeoro.

Un día conoció a un cristiano anciano que irradiaba algo muy especial que la impresionó. Sintió confianza en él. En ese tiempo, ella era tan miserable que ya no podía luchar por lo que anhelaba y buscar ayuda. Finalmente, después de un tiempo, abrió su corazón y le contó al anciano sobre la carga que había soportado durante todo este tiempo. Lo contó todo.

Palabras liberadoras

El hombre anciano escuchaba en silencio y atentamente sin decir una palabra. Al final ya que ella se había desahogado, él se quedó en silencio por un buen rato y tomó su vieja Biblia, leyó en el evangelio de Juan 14:1: “No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí.”

Le leyó todo el capítulo y mientras escuchaba, algo ocurrió en su corazón – era como si un nudo comenzara a aflojarse.

Esto lo sintió especialmente cuando leyó en Juan 14:14-18, “Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré.”

“Si me amáis, guardad mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad… No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros.”

El anciano le explicó que Dios la trajo a esa oscuridad con un propósito. Ella tiene que reconocer su debilidad; tiene que dejar de esforzarse por ser una buena cristiana, humillarse ante Dios y dejar que Él gobierne en el trono de su corazón. Así el va enviar al Consolador, el Espíritu de verdad, como su abogado personal.

Después leyó en Juan 14:27: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo.” Estas palabras tocaron su corazón atribulado como un ungüento.

Una noche al aire libre

No pudo dormir esa noche. Resignada, se levantó de la cama y fue al campo, se arrodilló y clamó a Dios en su necesidad. Ella rogó a Dios que le diera a ese Consolador que restauraría su corazón para que fuera puro.

Fue en vano. No pasó nada. Parecía como si solamente la oyeran llorar las vacas a su alrededor. Por un momento se arrodilló allí en la noche fría y oscura, sintiéndose vacía. “No sirve de nada, me rindo”, pensó. Entonces gritó fuertemente: “¡Dame una señal de que existes o déjame morir!”

En ese mismo instante se llenó de un gran gozo, tan genuino y profundo que se levantó a bailar por el campo. ¡Por fin estaba libre de su carga! Abrumada, comenzó a cantar y alabar a Dios, porque tuvo misericordia de ella. Él había visto su debilidad y envió al Consolador. Ahora ella tenía el Espíritu de verdad y nunca más lo dejaría ir.

Una decisión firme

Cuando la joven chica regresó a su país de origen, iba con el propósito de nunca juzgar o hablar mal de alguien, y con la resolución de restaurar esa buena relación con su tía.

Visitó a su tía y le pidió sinceramente perdón por haberla tratado fríamente todos esos años. Cuando su tía la abrazó le dijo: “¡Por supuesto que te perdono!” Era evidente que su tía había guardado un corazón puro hacía su sobrina y nunca pensó mal de ella a pesar de su comportamiento.

Un final feliz

No fue así que la joven chica se decidió a nunca condenar y hablar mal de otros y mágicamente dejó de hacerlo. Esta tendencia estaba fuertemente arraigada en su manera de pensar. Le tomó muchos años para que esta inclinación de juzgar a otros fuera desarraigada.

Aún ahora, en su vejez, todavía se escucha a sí misma expresar una crítica u opinión despectiva hacia otros. Siempre es un dolor para ella cuando se da cuenta que lo que acaba de decir, pero cada vez sucede menos, y un día nunca volverá a suceder.

La joven chica y su tía pasaron muchos buenos tiempos juntas antes de que la tía muriera. Sin embargo, la chica nunca olvidó la lección: La inocencia de un niño puede ser arruinada en un instante por un comentario imprudente de una persona en la que confía.

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