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¿Salvo por gracia o por obras?

Cuando recibimos perdón de pecados, nuestra espíritu es salvo – este es el comienzo de nuestra fe. Sin embargo, Pedro escribe acerca del fin de nuestra fe, que es la salvación de nuestra alma.

« Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe.» Efesios 2,8-9.

Gracia para el perdón

Podemos ver esto en el suceso con el ladrón que murió con Jesús en la cruz. Él se convirtió a Jesús, y Jesús lo recibió y dijo: «De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso». Lucas 23,43. Sus pecados fueron perdonados, y pudo ir con Jesús al paraíso. El recibió perdón de pecados por gracia, a pesar de que no tenía ninguna obra de la cual gloriarse.

Sin embargo la salvación es más que el perdón de pecados. Pablo escribe en Romanos 5, 10: fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida. ¿Qué significa que seremos salvos por su vida?

Gracia significa poder para hacer la voluntad de Dios

Después que recibimos perdón de pecados y llegamos a la fe en Jesús, estamos en condición de recibir su espíritu. Esto quiere decir que recibimos el poder (gracia) que necesitamos para hacer la voluntad de Dios, de igual forma como lo hizo Jesús. Por lo que tenemos que negar nuestra propia voluntad, que es según la carne. Cuando hacemos esto, perdemos nuestra vida en la carne, pero adquirimos una nueva vida en el Espíritu. Acerca de esto habla Jesús en Lucas 9,23-24: «Y decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, éste la salvará.»

De esta manera se produce una transformación. Nuestra arrogancia se vuelve en humildad, nuestra dureza se vuelve en misericordia, nuestra impaciencia en paciencia, etc. Nuestras obras son reemplazadas con las obras de Dios. Esto es más que perdón de pecados. Vemos que es por hacer la voluntad de Dios que recibimos «más parte» en la salvación.

La salvación de nuestra alma

Cuando recibimos perdón de pecados, nuestra espíritu es salvo – este es el comienzo de nuestra fe. Sin embargo, Pedro escribe acerca del fin de nuestra fe, que es la salvación de nuestra alma. Acerca de esta salvación los profetas indagaron cuando profetizaron acerca de la gracia destinada para nosotros. Gracia que haría posible para nosotros la entrada en los padecimientos de Jesús y la gloria que esto conlleva – ¡una vida nueva y celestial! 1 Pedro 1,9-11. Estos son los padecimientos que Jesús experimentó cuando se negó a sí mismo y tomo su propia cruz cada día. Y ahora que nosotros hemos recibido su Espíritu, tenemos la gracia sobre nosotros para seguirle en los mismos padecimientos y así llegar a la misma gloria.

Nuestra voluntad humana se encuentra en nuestra alma, y es la fuente de todo disturbio y conflicto. Nuestra alma es salva cuando seguimos a Jesús y perdemos nuestra vida (nuestra propia voluntad) de esta forma recibimos parte en una vida nueva y celestial la cual está en plena armonía con la buena, agradable y perfecta voluntad de Dios, capaz de hacer su obras.

Gracia que requiere participación activa

Vemos pues, que esta salvación también significa que somos salvos por gracia, sin embargo es una gracia que requiere de una participación activa. Aunque los creyentes que han recibido el Espíritu pueden ser muy activos en lo que respecta a lo exterior, en el interior no es así, por lo que a menudo se les puede oír decir: «No hay nada que podamos hacer» cuando se trata de vencer el pecado y vivir una vida nueva. A sí mismos se consuelan diciendo que son salvos por gracia, no por obras. Sin embargo, Jesús dice, «porque separados de mí nada podéis hacer.» Juan 15,5.

Entonces estamos en condición de seguirlo. Si es esto lo que queremos, podemos negarnos a nosotros mismos y tomar nuestra cruz cada día.

Cuando recibimos el Espíritu de Jesús, entonces estamos en condición de seguirlo. Si es esto lo que queremos, podemos negarnos a nosotros mismos, tomar nuestra cruz cada día, y hacer la voluntad de Dios. Así pues, podemos alcanzar la gloria de nuestro Señor Jesucristo. 2 Tesalonicenses 2,14.

No recibáis en vano la gracia de Dios. 2 Corintios 6,1-2.

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