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¿Qué tan difícil es ser amable?

La sorprendente verdad sobre lo difícil que es ser amable.

¿Ser amable puede ser más difícil de lo que parece?

Cuando joven fui a una buena escuela, viví en una zona encantadora y en un hogar confortable. Mi vida era segura y feliz. Comencé a cantar en el coro de la Iglesia de Inglaterra, cuando tenía diez años, no porque sentía la necesidad de ir a la iglesia, sino porque me pagaban.

En la adolescencia cambié la Iglesia de Inglaterra por la iglesia Bautista porque tenían un club de jóvenes donde jugaban a los dardos y tenis de mesa, y tenían snacks. También tenían un servicio religioso el cual uno tenía que presenciar antes de recibir chocolate caliente y donas. Aquí escuché sobre la vida de Jesús, y cómo Él murió para salvarme de mis pecados.

Cruel con mi madre

No estaba segura en realidad si tenía algún pecado. No robaba, engañaba ni mentía. Hacía mi tareas de la escuela a tiempo y bien hechas. Era amable con la gente. Sin embargo, me gustaba la idea de que Jesús fuese mi puente hacia Dios, y que no necesitaba tener un pastor como mediador. Así que empecé a hablar con Jesús acerca de cosas pequeñas; cuando estaba asustada o confundida, enojada o molesta.

Y descubrí algo.

No era tan amable hacia mi madre.

Si me pedía que hiciera algo, la ignoraba. Si me reprendía era tan frívola, que le respondía con un comentario sarcástico. Pero ahora le hablaba a Jesús y había comenzado a leer sobre cosas que Él había dicho en el Nuevo Testamento. Él dijo:

« Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado.» Mateo 12,37.

¡Así que tenía un significado la forma cómo le hablaba a mi madre en la cocina! No me había dado cuenta de esto antes. «¡Está bien!», me dije a mí misma. «Voy a parar con esto.»

Traté de ser buena

El experimento empezó bien. Estaba llena de confianza y tenía un objetivo. Si tan sólo pudiera pasar un día sin gritarle a mi madre… ¿qué tan difícil podía ser un día? No pensé en ningún momento orar por ayuda – pensaba que con facilidad podría lograrlo por un día, por mi propia cuenta. Tomé el reto como una complicada tarea de matemáticas: sigue intentándolo, y al final tendrás éxito.

El día había ido bien; estaba satisfecha conmigo misma. Esa noche me preparé una taza de té caliente, tomé mi libro bajo el brazo y empecé a subir las escaleras. En ese momento me llama mi mamá desde la cocina y me pregunta si puedo lavar la loza. ¡Pero si había limpiado la mesa! ¿Qué más quería que hiciera? Esto fue muy irritante.

Entonces se manifestó, justo lo que creía que había superado. El comentario sarcástico salió escupido por esa niña que seguía siendo aún egoísta y perezosa. Cuando vi la cara de mi madre fue como que la había abofeteado. Corrí por las escaleras hacia mi habitación, me senté en el piso y lloré.

Estaba enojada conmigo misma. La «persona amable» había resultado ser simplemente alguien que complacía a la gente, alguien que sabía cómo comportarse en público, pero no en casa. Era perezosa, y era egoísta, y ningún montón de buenas intenciones podía cambiar el hecho fundamental que yo ni siquiera podía obedecer una palabra de Dios por un día. Me sentí como Simón Pedro, después que Jesús le dijo que lo negaría tres veces. Pedro había estado tan lleno de confianza que podía «dar su vida» por Jesús, sólo para descubrir poco después en la excitación del momento que ni siquiera admitía que lo conocía.

Ayuda desde el cielo

En mi caso tampoco estaba funcionando. Pero, ¿le importaba realmente tanto a Jesús que fuera perezosa y egoísta? Si hiciera el mejor de los esfuerzos para ser amable, ¿finalmente, no sería lo suficientemente buena? «Entonces, vuelto el Señor, miró a Pedro» Lucas 22,61. Sentí que Jesús miró profundamente en mi alma. No podía engañarlo con mis esfuerzos. Debía admitir que necesitaba ayuda. Ayuda con la pesada carga de una naturaleza egoísta que dictaba la forma cómo debía comportarme. Me di cuenta que «el mejor de los esfuerzos» para ser amable simplemente no era suficiente.

En la Biblia está escrito que debemos «llevar a la muerte» nuestra naturaleza que se revela como los celos, la ira, la maldad y el lenguaje indecente. Esto significa que debemos odiar estas reacciones y pedir ayuda a Dios para negar y rechazar estos pensamientos, de modo que no reaccionemos según nuestros sentimientos. A cambio se nos anima a despojarnos del viejo hombre y revestirnos «del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando.» (Colosenses 3,5.10) Entonces nos convertimos en nuevas personas que no caen en la tentación. Esto es verdadero, aunque es un proceso gradual. Pero cada vez caemos menos en el momento de la tentación.

Ese día me humillé a mí misma y le pedí a Jesús que entrara en mi corazón, para que me ayudara a ser una persona completamente nueva. Al hacer esto me di cuenta que Dios estaba allí, dispuesto a darme todo el poder para seguir sus mandamientos y el ejemplo de Jesús – esta vez bajo la dirección del Espíritu Santo, y no sólo con mis propio y bien intencionado esfuerzo. Ya no soy la adolescente llorando en el piso de mi dormitorio, soy una cristiana adulta que ha aprendido que necesito a Dios para que me dé el poder y la gracia que me falta en mi vida. ¡Y Él me da todo esto! Poder y gracia para vivir una nueva vida, libre de la carga del pecado.

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