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La mayor razón de por qué no has tenido progreso en tu vida cristiana

Hay una cosa que no la has tomado con la suficiente seriedad.

Has sido cristiano por muchos años, sin embargo todavía sientes que no estás más cerca de experimentar una vida verdadera con Dios. ¿Por qué sucede esto?

El mayor obstáculo para el progreso es algo que está incrustado profundamente en nuestra naturaleza humana: el orgullo. El orgullo está tan cerca que ni siquiera nos damos cuenta que muchas de las cosas que hacemos durante el día están motivadas por este.

Podemos reconocer el orgullo cuando creemos que nosotros mismos sabemos mejor lo que está claramente escrito en la Palabra de Dios. Cuando vemos que estamos más preocupados de defender lo que la gente piensa de nosotros que de la verdad sobre nosotros mismos. Cuando nos preguntamos si la gente tiene un pensamiento menor sobre nosotros de lo que «merecemos». Estamos rebosantes de amor propio.

Podemos reconocer el orgullo cuando creemos que nosotros mismos sabemos mejor lo que está claramente escrito en la Palabra de Dios.

Por eso es tan importante darnos cuenta que Dios no puede hacer nada con nosotros si no coincidamos con él con nuestra propia voluntad. Tenemos que dejar nuestro orgullo, junto a nuestros propios pensamientos sobre lo que es correcto, y escuchar la voz de Dios en nuestra vida. Si hacemos esto, sinceramente, y con todo nuestro corazón, escucharemos que el Espíritu Santo nos enseña a ser humildes en nuestros propios ojos, (Romanos 12,6). Él nos enseña a tener un sentir para servir, no para ser servido. Él nos enseña cómo podemos hacer desaparecer nuestra propia voluntad y deseos, en lugar de estar siempre esperando algo de los demás. El cristianismo es dar; el pecado es exigir.

Piensa en los mayores ejemplos que tienes en tu vida cristiana; de quienes has experimentado bondad y amor. ¿Cómo lo pueden tener ellos así, mientras tú sigues luchando para mostrar amor hacia los demás, especialmente a aquellas personas que no han sido muy amables contigo? Es porque se conducen en la humildad, y en esta humildad Dios puede trabajar en ellos para hacer su voluntad.

Reconocer el orgullo

¿Cómo me doy cuenta cuándo estoy cediendo a mi orgullo? Puedo verlo cuando decido no alentar a los demás. Evito hablar abierta y sinceramente con los demás porque dejo que la irritación e inquietud me rodeen cuando estoy junto a ellos. No me alegro cuando algo va bien con mis amigos o familiares, al contrario cedo ante los sentimientos de celo que arremolinan en mi interior. No experimento una verdadera amistad y comunión, porque siento que ya tengo todas las respuestas que necesito.

En fin, sé que estoy lleno de orgullo cuando sigo confiando en mis propios sentimientos, experiencias y emociones para dirigir mi vida, en lugar de hacer el papel que Dios quiere que haga.

Sé que estoy lleno de orgullo cuando sigo confiando en mis propios sentimientos, experiencias y emociones para dirigir mi vida, en lugar de encontrar el papel que Dios quiere que haga.

Como cristianos es muy importante que reconozcamos nuestra necesidad. Si no sentimos que necesitamos a Dios en nuestra vida, no habrá ninguna manera que Él nos dirija. Sin necesidad, nos volvemos personas satisfechas y contentos con lo que hemos hecho. En lugar de estar atentos y vigilantes contra el pecado, dejamos que las cosas nos deslicen.

Una guerra contra el «yo», «mío», «mí»

¡Debemos ser preservados en esta necesidad contra nuestro propio orgullo! ¡No dejes que tu «yo», «mío» y «mí» dirijan tu vida! Cuando servimos a nuestro yo en primer y último lugar, entonces perdemos una gloria que es eternamente mayor que viene de servir a Dios. Elegir servir a Dios en completa humildad trae en cambio los Frutos del Espíritu: amor, gozo, paz, bondad y todos los frutos que nos permiten vivir una vida que concuerda a la de un cristiano aquí en la tierra. Entonces, y sólo entonces, sentimos que estamos dando pasos para acercarnos a nuestro llamado celestial.

Si no sentimos que necesitamos a Dios en nuestra vida, no habrá ninguna manera que Él nos dirija.

¿Cómo va a ser conmigo mañana, la próxima semana, el próximo mes, el próximo año? Tengo que decidir: si elijo obedecer la dirección de Dios y vivir en humildad – o ceder a mi orgullo.

Principales enseñanzas

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