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¿Esperas un milagro?

¿Qué se necesita para que obedezcamos?

¿Qué se necesita para que obedezcamos?

La Biblia está repleta de milagros. Dios dividió el Mar Rojo, envió comida desde el cielo para los israelitas en su angustia, ¡y resucitó incluso a Jesús de entre los muertos!

Jesús también hizo muchos milagros en su tiempo. Sanó a ciegos y cojos, convirtió el agua en vino y trajo de vuelta a la vida a personas que se creían estaban muertas.

La mayoría estará seguramente de acuerdo en que hubiera sido increíble haber experimentado tales cosas.

Imagínate siendo uno de los hijos de Israel que Moisés sacó de Egipto. Estás en medio del Mar Rojo. Dios acaba de dividir el mar por completo en dos, y vas caminando por terreno seco, con enormes muros de agua por ambos lados. Quizás puedes ver incluso los peces por cada lado. Nadan desconcertados de un lado a otro, mientras caminas hacia la seguridad y la libertad.

O bien, eres un artesano en el pueblo de Betania. Un hombre llamado Lázaro, que conociste muy bien, ha estado muerto durante cuatro días. Tú mismo lo cargaste hasta su tumba y viste el duelo de su familia por su pérdida. Pero ahora, después que Jesucristo le pidiera salir de la tumba, ¡está vivo nuevamente! Camina hacia ti, sano y fuerte, y te da un cálido apretón de manos.

Después de haber experimentado milagros como estos nunca más voy a dudar, dices tú.

Dependiendo de las señales y milagros

Sin embargo, fue justamente lo que le sucedió a muchos. Aunque vieron y experimentaron tales cosas fantásticas, dudaron igualmente. (Salmo 106,13; Juan 12,37) Pocos confiaron incondicionalmente que Dios los cuidaría, incluso después de haberles mostrado que lo haría, una y otra vez. «Y Jehová dijo a Moisés: ¿Hasta cuándo me ha de irritar este pueblo? ¿Hasta cuándo no me creerán, con todas las señales que he hecho en medio de ellos?» Números 14,11.

Por naturaleza es muy fácil para nosotros como seres humanos dudar. Dependemos mucho de nuestros sentidos, o de lo que vemos, oímos y sentimos. El resultado es que a menudo nos hacemos preguntas en torno a Dios o bien pedimos que se hagan señales o milagros antes de elegir ser obedientes a Él. Es por esto que no hay duda que los milagros han jugado un rol importante en la historia. Están descritos en la Palabra de Dios como una ayuda para que los lectores crean, incluso hoy. (Juan 20,31) Sin embargo, es importante darse cuenta que los milagros en sí mismos, no nos satisfacen por completo, aunque son fascinantes. Lo único que realmente nos puede satisfacer en las situaciones de la vida es lo que estas señales y milagros deben evocar: la fe.

Una fe viva

¡Debemos tener una fe viva en Dios! Esta fe se extiende mucho más allá del simple hecho de creer que Dios existe. La fe viva significa que confiamos en Dios en cada situación y buscamos hacer su voluntad, independientemente de lo que vemos o sentimos. La fe viva significa que creemos en la Palabra de Dios y en las palabras de los profetas, en las palabras de Jesucristo y de los apóstoles, incluso cuando no hay alguna señal clara o milagro. Por último, la fe viva es obediencia, incluso cuando no entendemos todo.

Si realmente creemos en Dios nuestra vida entrará en perfecta unidad con su Palabra. Cuando la Palabra de Dios dice «Por nada estéis afanosos », por ejemplo, no debemos ponernos a pensar y preocuparnos por nuestra economía o por lo imposible o desesperada que puede parecer nuestra situación. Tampoco debemos esperar que el dinero llueva desde el techo. No, debemos ser obedientes a la Palabra de Dios, tomar una lucha consciente y rechazar los pensamientos de inquietud y duda. Del mismo modo, cuando estamos en medio de los padecimientos, cuando nos sentimos perdidos o confundidos, no debemos esperar que Dios aparecerá y arreglará todo de forma extraordinaria y milagrosa. No, tenemos que alegrarnos, tal como pablo escribe, y elegir dar gracias a Dios por las pruebas que enfrentamos en lugar de quejarnos o estar amargados. Debemos creer que Dios utilizará cada situación para transformarnos, incluso cuando no entendemos o nuestros sentimientos están por el suelo.

El resultado

El resultado de una tal fe y obediencia a Dios es que nos volvemos inquebrantables. Confiamos en Él y buscamos hacer su voluntad, y por esto Él es capaz de hacer cosas increíbles para nosotros. (Josué 3,5) Pero, los que dudan, los que no están dispuestos a creer y hacer la Palabra de Dios son, «… semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra.» Santiago 1,6. Tales personas son dependientes de cosas exteriores, se distraen, confunden y desaniman fácilmente, y debido a su falta de fe, Dios no puede hacer una obra en sus vidas.

Dios no quiere que seamos dependientes de señales y milagros externos. Ser testigos de un milagro es una cosa temporal, pero la fe y obediencia a Dios tiene un valor eterno. Son estas cosas las que Dios también ha anhelado de nosotros todo el tiempo: que creamos incondicionalmente en Él y busquemos hacer su voluntad sin nuestras exigencias, expectativas y órdenes propias. «Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan.» Hebreos 11,6.

No esperes una señal, un milagro o un acontecimiento extraordinario. «Traed todos los diezmos al alfolí y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde.» Malaquías 3,10. Si haces esto, si eliges creer en el Dios vivo y obedecer su Palabra, si das tu vida incondicionalmente a Él, ¡está garantizado que experimentarás sus ricas bendiciones y su gran poder en tu vida!

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