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¿Deben los cristianos ser tolerantes

Muchas de las cosas que la Biblia llama «pecado» son ampliamente aceptadas en la cultura de hoy. Como cristianos, ¿qué tan tolerante deberíamos ser frente a tales cosas?

Muchas de las cosas que la Biblia llama  «pecado» son ampliamente aceptadas en la cultura de hoy. Como cristianos, ¿qué tan tolerante deberíamos ser frente a tales cosas?

Cuando veo al mundo de hoy, es evidente que la maldad abunda. Sólo tenemos que leer en Gálatas 5, 19-21 para conseguir una completa lista de los pecados que son ampliamente aceptados y tolerados en nuestra cultura actual.

«Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas.» ¿Cuántas de estas cosas siguen siendo consideradas un pecado? La mayoría estaría de acuerdo en que el asesinato es un pecado, pero muchos otros pecados de esta lista son ampliamente tolerados, y en algunos casos incluso estimulados.

Los medios de comunicación, profesores, compañeros y colegas me dicen que debo tolerar estas cosas, y especialmente la impureza sexual: homosexualidad, infidelidad, adulterio y fornicación. Pero está claramente escrito en el verso 21: «Los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios.» Si quiero seguir a Jesucristo como la Biblia dice, debo preguntarme: ¿Qué tan «tolerante» fue Jesús a la hora de tratar con tales cosas, cuando estuvo en la tierra?

Cero tolerancia al pecado

Por una buena razón es que la Biblia dice acerca de Jesús que «Sus ojos eran como llama de fuego.» (Apocalipsis 19, 12). Era celoso cuando se trataba de ser puro para Dios. En Mateo 5, 29, Jesús le dice a la multitud, «Por tanto, si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo, y échalo de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno.»

La intención de Jesús no era que la gente se lastimara físicamente; sino mostrarles la gravedad del pecado. Su sentir – el de preferir sacarse un ojo en lugar de pecar – estaba lejos de ser pasivo, tenía cero tolerancia al pecado en su propia vida.

El celo de Jesús por la pureza abarcaba mucho más que el pecado exterior; Él era celoso en los pensamientos de su corazón. En Mateo 5,27-28 dice: «Oísteis que fue dicho: «No cometerás adulterio. Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón.»

Esto quiere decir que no tengo que cometer físicamente un pecado para ser culpable de ello; también puedo pecar en mi vida de pensamientos. ¡Es algo realmente serio! Es en mis pensamientos donde comienza el pecado, y tengo que dar la batalla allí siendo celoso contra mis propias pasiones y deseos que me conducen a la impureza, la ira, el egoísmo, etc. «Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría; cosas por las cuales la ira de Dios viene sobre los hijos de desobediencia.» Colosenses 3, 5-6. ¡No puedo tolerar ningún pecado, ni siquiera en mi vida de pensamientos! Cuando surgen los pensamientos ahí tengo que llevarlos cautivos y hacerlos morir.

¿Celoso contra el pecado o los pecadores?

Si no voy a tolerar ningún pecado en mi propia, ¿cómo puedo entonces tolerar a las personas a mi alrededor que están de acuerdo o bien viven en estos pecados? ¿Debería también ser celosa contra ellos y su comportamiento? Cuando leo en Juan 8 acerca de cómo Jesús lo tomó, recibo más luz sobre este asunto. En este capítulo muchos de los fariseos y escribas querían apedrear a una mujer adúltera, conforme a la Ley de Moisés. Pero Jesús no quiso condenarla. En lugar de ello, le dio este simple mensaje: «¡vete, y no peques más!» No necesito condenar a las personas ya sea en pensamientos, palabras u obras, no necesito ser celosa contra ellos.

Pero tampoco puedo estar simplemente de acuerdo o bien «aceptar» su estilo de vida – debo vivir mi vida frente al rostro de Dios, y de acuerdo a su palabra. La práctica de la homosexualidad, por ejemplo, es ampliamente aceptada en la sociedad actual. Sin embargo, la Biblia dice claramente que esto es pecado. Si tolero alguna forma de pecado, independiente de cuán aceptado sea en la sociedad, entonces me engaño a mí misma.

Si tolero alguna forma de pecado, independiente de cuán aceptado sea en la sociedad, entonces me engaño a mí misma.

Entonces me doy cuenta que algunas veces necesito defender lo que creo. Esto puede ser un pensamiento aterrador: hablar en contra del pecado, cuando todo el mundo dice que está bien. En lugar de aceptar el pecado y ser tolerante, debo hacer lo que está escrito en 1 Corintios 16,13: «Velad, estad firmes en la fe; portaos varonilmente, y esforzaos.» ¡Dios me dará el poder para hacer y decir lo que es apropiado para un cristiano cuando tenga que defender mi fe!

En lugar de ser tolerante, debo ser celosa contra todo pecado, del mismo que Jesús lo fue. En Gálatas 6, 7-8 tenemos una seria exhortación: «No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará. Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción…» Si tomo el pecado con seriedad en lugar de ser engañado a creer que no cosecharé nada a causa de este, entonces puedo experimentar la segunda parte del verso 8: «mas el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna.» No solo puedo ser liberado de todo los pecados que plagan a la humanidad aquí en esta vida, ¡sino que también tendré una herencia eterna junto con Jesús y seré digno de El!

¡También tendré una herencia eterna junto con Jesús y seré digno de El!

«Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo, quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras.» (Tito 2,11-14)

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